martes, 25 de octubre de 2016

Todo es buen rollo en Coney Island

No podía ser de otra manera, con la suerte que tengo, que justo el día que íbamos a Coney Island fuera uno de los pocos que nos hizo frío. Pero a pesar de ir abrigados, el mal tiempo no nos impidió disfrutar de esta zona de playa, de su paseo marítimo y de su parque de atracciones, el Luna Park, el cual, al no ser aún temporada de verano, solo abría en fin de semana.

El camino desde Harlem hasta Coney Island, en el sur de Brooklyn, fue un poco largo y pesado, pero nada que no fuera factible (1 hora aproximadamente). Durante el trayecto, a Jorge le dio tiempo a hacer migas con el típico rapero negro con las manos llenas de sellos de oro, que a pesar de su imponente apariencia era un tipo super majo al que le pareció muy buena idea nuestro plan. 


Nos bajamos en Coney Island-Stillwell Ave y empezamos el día. Lo primero que hicimos fue sofocar el hambre cogiéndonos unos perritos calientes del Nathan's Famous. FABULOSOS. Caros como ellos solos, pero están realmente buenos y nos supieron a gloria bendita. Además, comer un perrito es prácticamente una obligación cuando sabes que fue inventado en Coney Island.

¿No es para estar salivando?
Luna Park es un parque de atracciones tradicional, con su noria, montañas rusas, juegos recreativos, etc. Nos pareció excesivamente caro el precio de los bonos. No recuerdo exactamente la cantidad, pero os diré que el Cyclone, legendaria montaña rusa de madera, costaba 10$/persona. Eso sí, una pasada (¡y eso que yo era reacia a subir!). Además de jugar a diferentes máquinas y demás, montamos en otra de las estrellas del parque: la noria, llamada Deno's Wonder Wheel. A diferencia de cualquier otra noria en la que hayamos podido subir, en esta tenías dos opciones: o montarte en una cabina normal, estática, o en una "swing", es decir, que se balanceaba. Y claro, nosotros no podíamos ser menos, y pedimos una "swing". ¡Lo que no sabíamos era la impresión que daba! Las cabinas "balanceantes" se desplazaban del centro de la noria hacia fuera a través de los radios, y en una de estas pensábamos que moriríamos disparados por los aires. Ahora nos reímos, ¡pero yo lo lo pasé un poco mal! También os digo que ahora, sinceramente, repetiría en la "swing" sin dudarlo. 

La mítica montaña rusa Cyclone


Este parque se encuentra justo al lado del paseo marítimo, por el cual caminamos un rato e hicimos mil fotos. Había bastante gente, a pesar de ser un día gris y un poco apático. Parece ser, por lo que tengo entendido, que en verano hay muchísimo ambiente y todo es buen rollo en Coney Island. No llegamos a pisar la playa, pero respiramos el aire del mar, y fue totalmente renovador después de varios días en el caos de Manhattan. El hambre acechaba todo el rato, así que hicimos dos asaltos más a los locales que encontrábamos en el paseo. Primero en White Castle Express, una cadena de comida rápida en el que las hambuguesas eran muy baratas y...¡cuadradas! Y después, ya antes de marchar, fuimos a Place to Beach, donde tomamos unas cervezas acompañadas de unas gambas a la gabardina. Todo muy acorde. 

No salten, por Dios
Chicas grabando lo que parecía ser un video musical
Las hamburguesas cuadradas del White Castle Express

Dejamos Coney Island y nos vamos al puro centro de Manhattan: Times Square. ¿Para qué? Pues para hacernos fotitos, que también tocaba. Pero además, aprovechamos para entrar en Disney Store, donde adoptaríamos a nuestra pequeña Minnie (que podríamos llamar of the Liberty). ¿A qué es MONÍSIMA? 

(Perdonen la foto, sé que no es de lo mejor)

Después de varias fotos en el estresante Times Square, compras de souvenirs varios y demás, decidimos marchar a casa. Esa noche tocaba cenar sobras del Carmine's (recordad que os hablé en otro post de esas cantidades ingentes de espaguetis), y un típico sandwich de pastrami que compramos en la tienda de la esquina.

Manhattan es muy fascinante, pero muy ruidosa. Por eso es necesario, cada dos o tres días, huir del centro para desconectar, descansar, y desintoxicarse. Al día siguiente nos tocaría una nueva paliza, pero de esas que se hacen con el mayor de los placeres.


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