Después de tal aparatoso día, nos levantamos una mañana más para enfrentarnos a un gigante: el Metropolitan Museum. Y cuando digo gigante no exagero, porque es sin duda uno de los museos más grandes que he visitado jamás. No sé cuantos días exactos (o años) necesita una persona para verlo entero con tranquilidad, pero nosotros sólo contábamos con unas horas así que ya podíamos organizarnos bien si queríamos hacer una visita global.
Pero antes de ir al Met cada uno tuvo que hacer una parada previa: Jorge se fue a la tienda Microsoft a gestionar su problema con la band, y yo me fui a hacer una visita a la Neue Galerie, una galería privada situada en la Milla de los Museos, en la Quinta Avenida. El edificio es una mansión de dos plantas comunicadas por una
elegante escalera, y su colección se centra en pintura alemana y vienesa del siglo
XX, cuya obra más destacada es el Retrato de Adele Bloch-Bauer, de Gustav Klimt, cuadro expoliado por los
nazis en 1938 e incorporado a la galería en verano del 2006. A pesar de no ser uno de los Top Ten de los
atractivos de Nueva York, ya había cola antes de que abrieran las
puertas. No sé si era por el atractivo de su colección o por la exposición temporal que albergaba, "Munch y los expresionistas alemanes", en la que se encontraba el famoso "El grito". Como amante de Klimt, y por mi deseo de ver la famosa obra del señor Edvard, no era de extrañar que quisiera ir a esta galería. Como es bastante pequeña no se tarda mucho en verla y pude estar fuera enseguida para poder asistir al punto de encuentro: el mostrador de Información del MET. Pero si os gustan las tiendas, contad con tiempo extra para la de la Neue, ¡me llevaba todo! En ella adquirí una postal de una obra de un artista que no conocía, Alfred Kubin, y de la cual no pude evitar enamorarme. Entra en ese gusto mío, incomprendido por muchos, por lo oscuro, inquietante, fantástico, con toques góticos y siniestros. Y es que, ¡para qué son estas visitas si no es para aprender y descubrir nuevos artistas! (A ver Bea, que esto no es Habitación B, ¡corta!).
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| Gustav Klimt, Retrato de Adele Bloch-Bauer I. 1907 |
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| La obra de la que me enamoré: Alfred Kubin, Every Night We are Hunted by a Dream, ca. 1902-03 |
Mientras yo me deleitaba en este pequeño paraíso, Jorge negociaba con los de Microsoft Store. Les dijo que le empujaron y que al caerse se le rompió la band, y que si había alguna posibilidad de reparar la pantalla. Pero no, porque es una única pieza, por tanto no hay modo de repararlo, tenía que comprar una nueva. Claro, Jorge no estaba dispuesto a pagar otros tantos dólares, así que intentó presionar un poco a ver si se la cambiaban, y al final lo que hicieron fue devolverle el dinero, con la condición de que comprara otra con seguro (+40$). ¡LO QUE HAGA FALTA! Así que así hizo y tan contento. A día de hoy, la band sigue viva, pero no dejaría de darnos la lata en ese viaje.
Llegamos al MET. Después subir esa mítica escalera, que tanto habremos visto algunos en Gossip Girl y en las fotos del desfile anual del MET, nos toca esperar una fila para que nos registraran bolsos y demás y llegamos al amplio hall del museo. Esto de ir con las tarjetas del ICOM (International Council of Museums) nos evitó la larga cola de la compra de entradas, así que entramos con nuestra invitación directamente. Y qué decir, ¡es una auténtica maravilla! A pesar de su amplitud, nos lo montamos bastante bien y vimos casi todo lo que queríamos. Yo aluciné con mi querido Egipto (el templo de Dendur, qué maravilla), Mesopotamia (¡mis Lamasus!), mi Mesoamérica precolombina, el arte contemporáneo, y a Jorge creo que le gusto todo, pero la parte de vanguardias simplemente le flipó.
| Templo de Dendur, Metropolitan Museum |
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| ¡No sé por qué me gustan tanto los toros alados mesopotámicos! |
| Los burgueses de Calais (1884-95), de Rodin |
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| Vincent van Gogh, Autorretrato, 1887 |
A mitad de visita tuvimos que hacer una parada porque el hambre llamaba a la puerta. Como no queríamos perder el hilo y era bastante pronto como para comer, optamos por coger los típicos pretzels. En solo un momento nos convertimos en bocasecaman y bocasecawoman, tal cual. Un consejo: si podéis, cogerlo con queso, ¡está infinitamente más bueno!
Además de miles de joyas de arte, el MET tiene una súper terraza desde la que ver todo Nueva York. No es nada comparable a las vistas que tienes desde los rascacielos, obviamente, pero es agradable poder descansar un poco y que te dé un poco el aire, y si te apetece gastarte el dinero, con un refresco en mano. Nosotros no teníamos pensado subir si no fuera porque había una instalación temporal de la artista Cornelia Parker: una reproducción en menor escala de la casa de Norman Bates en Psicosis, para la cual Alfred Hitchcock se inspiró en una obra de Edward Hopper que pudimos ver en el MoMa: House by the Railroad (1925)
| En la terraza del MET, con la obra de Cornelia Parker de fondo |
Una vez decidimos abandonar, con mucha pena, el museo, fuimos a ver si comíamos algo, aunque fuera tarde. Por eso decidimos volver al Pret a Manger, que nunca defrauda. Bueno, en este caso sí, porque cuando ya me estaba acabando la ensalada me encontré un mosquito atrapado en un aguacate. ¡Qué bonito aderezo! Fui a reclamarlo al señor dependiente (que por cierto, como para entenderle, estuve agudizando mi oído al máximo), y su solución no fue devolverme el dinero, sino ofrecerme cualquier otra cosa gratis, con todo el sentido del mundo. Yo, muy amablemente y con mi mejor sonrisa, le dije que no hacía falta (estaba yo para cargar con otra ensalada o bocata), que sólo era "to let him now" y que todo estaba OK. De ese Pret A Manger de la 6th Avenue también recordaré el fantástico contraste entre la alta calefacción y el frío del infierno que hacía cuando alguien abría la puerta.
Justo después de comer, pasamos de nuevo por la escultura Love de Robert Indiana, que se encuentra en la Sexta Avenida con la 55. Foto típica para la que también tienes que esperar "cola". Cómo nos gusta el turisteo.
La siguiente parada fue la tienda M&M's, en Times Square. Y lo digo, todavía sigo alucinando que una marca de cacahuetes de colores tenga semejante imperio. El merchandising, de lo más variado: ropa, muñequitos, cajitas, toallas, mantas, zapatillas, etc... Vamos, que tienes para elegir. Jorge aprovechó a comprar un peluche para su sobrina y una bolsa de M&M's. A la hora de pagar, Jorge ve un cartel en el que indicaba que por una compra igual o superior a 25$ en M&M's, por 5$ más te llevabas una manta. Bien, pues la balanza marcaba 24,99$, a lo que Jorge dice que, por favor, si le pueden aplicar la oferta de la manta igualmente, que si es por un centavo no le importa añadir un par de cacahuetes más, pero la chica se emperró en que no, sorry. Pero claro, ahí no quedó la cosa, y Jorge, con lo que es él, fue a hablar con otro dependiente y le contó lo sucedido: "No problem", fue la respuesta. Se dirigió a otra cajera y le vino a decir que nos diera la manta. Y así hizo y así fue. Y tan contentos, oye, que la manta mola un montón y queda súper chula en el sofá marrón del salón.
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| Nuestra manta molona de M&M's. Ahora guardada, gracias |
(Os dais cuenta del trato que dan al consumidor, ¿no? Para el cliente nunca hay "problem". No digo ná y lo digo tó).
Una vez fuera, decidimos parar por casa un rato porque el cansancio ya era un poco insoportable. Nos cambiamos, nos ponemos un poco monos, y nos vamos al East Village, más concretamente al Crif Dogs. Este sitio era un antiguo speak-easy, uno de esos sitios en los que, durante la época de la Ley Seca, servían alcohol clandestinamente. Nada más entrar, ves la barra al fondo y unas mesas, como un restaurante normal. Y justo en la pared de la izquierda está la cabina teléfonica en la que tienes que entrar y llamar para pedir mesa en la sala "secreta" del otro lado. Lo que pasa es que si no llamas previamente y reservas, te toca esperar 3 horas. Y nosotros no estábamos dispuestos, así que finalmente pedimos unos perritos calientes en la sala principal. La chica que nos atendió hablaba español bastante bien, y le gustó practicar con nosotros. La verdad es que era muy mona y muy simpática y estuvimos hablando un rato. Cuando nos fuimos, Jorge le pidió una tarjeta de visita como recuerdo, y la chica, apurada porque no tenía nada, entró al almacén un momento y cuando salió, ¡nos traía un gorro para Jorge y una camiseta para mí! Eh, y con la mejor de las sonrisas: "Chicos, no tengo tarjeta, pero puedo daros esto!". ¡Nos quedamos con una cara de tontos! Una grandísima experiencia y los hot dogs, ¡riquísimos! Un must go en toda regla, cuando volvamos seremos precavidos y reservaremos antes.
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| Los perritos del Crif Dogs |
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| Crif Dogs |
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| ¡Mi camiseta chula de Crif Dogs! |
El camino de vuelta fue en autobús. Algo bueno que tenía nuestro hogar de acogida era que tenía muy buena conexión con ese lado de la isla por autobús. Conexión puerta a puerta que agradecimos muchísimo, y más a nuestros caseros que fueron quienes nos advirtieron de que no cogiéramos el metro para ir a la Quinta Avenida, Upper East y el East Village, que íbamos a dar una vuelta curiosa.
El día fue largo pero muy provechoso. Y, como todos los días, acabamos reventados. Pero estábamos ilusionados, porque al día siguiente ¡nos esperaba Coney Island! Pero esto ya, os lo cuento en el próximo post, que espero que no tarde tanto como este (es lo que tiene el verano, ¡discúlpenme!)












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