domingo, 4 de diciembre de 2016

Chinatown, Little Italy y un atardecer en el Empire State Building

Cuando vas a viajar a Nueva York, una cosa que te suelen decir todos aquellos que ya han estado es que vayas de compras. Y nosotros no íbamos a ser menos, ¡por favor! Esa mañana la organizamos para darle un poco de uso a la tarjeta de crédito y comprar cosas ya no solo para nosotros sino para los encargos varios que nos habían hecho. 

Aunque yo no tenía especial interés en comprar nada concreto, Jorge sí quería y necesitaba pasar por algunas tiendas. Pero, como suele pasarme siempre, yo también piqué en el Century 21, un outlet  muy conocido en el que puedes encontrar básicos de buenas marcas a muy buen precio. Jorge arrasó, pero, en mi caso, para encontrar algo normal en la planta de ropa femenina me estuve dos horas (¡he visto cosas que jamás creeríais!). 

No todo iba a ser compras ese día. Nos quedaba todavía visitar Little Italy, China Town y subir a uno de los protagonistas de la ciudad, el Empire State. 

Chinatown y Little Italy se encuentran en el Lower Manhattan, y aunque están muy próximos, son dos mundos totalmente diferentes. Quizá este sea uno de los encantos de esta ciudad, que son varias ciudades en una sola. Cada barrio, cada zona, tiene una personalidad tan marcada que casi diría, a efectos sensoriales, que poseen su propia autonomía. Lo único que lamento de este viaje es no haber podido perderme más por estas calles, porque creo que tienen mucho que decir y muchas cosas interesantes que ver. La falta de tiempo, como siempre. 

Durante nuestra visita en China Town aprovechamos a comer en uno de sus miles de restaurantes, Peking Duck House, visitar algunas de sus infinitas tiendas y cotillear en los puestos callejeros de pescado, marisco, frutas y demás. El caos reina, como en casi toda la ciudad, los olores se entremezclan, y los colores destacan sobre el melancólico gris del día. 

Esta tendera se tapó la cara en cuanto vio que le hice la foto.
Little Italy es otro pequeño mundo, y digo pequeño porque ha ido menguando en los últimos años. Un cartel te avisa de que entras en "territorio ítalo", aunque es más que reconocible ya solo por las pizzerías y los colores de su bandera en los lugares más insospechados. No habría estado nada mal rematar el día cenando en alguno de sus restaurantes con manteles de cuadros rojos y blancos, pero la agenda mandaba.

Bienvenidos a Little Italy



La cita (casi) más importante del viaje llegaba: íbamos a subir al Empire State Building. Atardecía, así que íbamos a ver la ciudad iluminada. Todo el que viaja a Nueva York recomienda que subas a los dos rascacielos más importantes, pero en horarios diferentes, para ver la ciudad con diferente luz. Y yo lo suscribo. 

Para subir al Empire tienes la opción de subir sólo hasta la planta 86, o pagar un poco más y llegar a la 102. La subida se hace en varias tandas, no hay un ascensor que suba las 102 plantas del tirón, y siempre acompañado de un ascensorista elegantemente ataviado. Desde la última planta las vistas son más espectaculares, pero la magia se vive mejor desde la 86. Miles de personas se aferran a la verja de metal para ver el sol esconderse y disfrutar de la belleza de sus rayos chocar contra los cristales de los rascacielos. Probablemente haya que subir tres horas antes para coger sitio en primera fila, pero la vista es tan romántica y tan especial que seguramente valga la pena esperar. Nosotros nos tuvimos que conformar con verlo en segunda plana, pero es bonito igual, también lo digo.



 La planta 102 es un espacio minúsculo en el que tienes que luchar por hueco para poder mirar a través del cristal. Dar la vuelta es prácticamente heroico ya que siempre están los típicos haciéndose selfies con un fondo que no va a salir porque el flash rebota en el cristal. Duramos 5 minutos ahí arriba porque empezó a darme un ataque claustrofóbico brutal, pero las panorámicas desde aquí son sencillamente alucinantes. 



Agotados y reventados, decidimos que ya era hora de volver a casa, como siempre en el autobús que nos dejaba en la puerta (¡Qué subidón!). Esa noche no íbamos a cenar en ningún sitio porque con las cantidades ingentes que ponen en los restaurantes teníamos sobras para aburrir: tallarines y macarrones, buena combinación para la que fue nuestra última cena en una de las ciudades más increíbles del mundo. Buenas noches.

No hay comentarios:

Publicar un comentario