martes, 28 de junio de 2016

Si vas a Washington...¡ve bien desayunado cuanto menos!


Dejamos Nueva York sólo por un día para acercarnos a la capital del país. Y nada mejor para un día de palizón máximo que un madrugón a la altura al día siguiente. Aunque aquí sarna con gusto picó un poco, Washington nos esperaba a sólo unas 4 horas y media en autobús. ¡Qué ganas! Nos levantamos a las 4:00 para estar a las 6:00 en la parada y esperar a nuestro Megabus. Megabus, esa empresa que ofrece viajes por el país en autobús a precio mínimo; en nuestro caso, 24€ los dos ida y vuelta a Washington. O lo que es lo mismo, 5 dólares el trayecto por persona (más gastos de gestión). ¡Parece de broma cuando aquí un Madrid-Burgos-Madrid sale por 30€/persona! Esto de trasladarte a una ciudad "cercana" es buena idea si se va a estar en EE.UU. más de una semana, ¡por lo que sale!

Llegamos cerca de las 11:00 a Union Station, algo alejada del centro pero no impracticable....para aquellos que no quieren morir jóvenes, ya lo veréis más adelante. Nos tomamos un café y empieza nuestro tour: vamos a la Corte Suprema de los Estados Unidos, la Biblioteca del Congreso, y el Capitolio, ubicado justo enfrente de los primeros edificios citados. Una auténtica putad.. pena que la cúpula estuviera en obras y encima haber perdido la oportunidad de asistir a una visita guiada gratuita por no haberla pedido con tiempo (lo miramos unas semanas antes, pero irónicamente creo que hay que pedirla incluso antes de que sepas que vas a ir). En fin, primer tip del día: para estas cosas, hay que ser muy previsor. Igualmente, el Capitolio es espectacular y muy imponente, así como el entorno elegante en el que se ubica. 

US Capitol
Biblioteca del Congreso

Jorge como la Justicia, en el Tribunal Supremo
Lo primero que observé en esta ciudad es que las distancias son tremendamente largas y todo es grande y amplio....monumental, obviamente. Eso hace que la visita sea un poco costosa y quieras tumbarte y llorar en alguna acera de vez en cuando. Segundo tip del día, si vas a Washington, ¡ve bien desayunado cuanto menos!

Hacemos entrada en el National Mall, una larga zona de jardines que va desde el Capitolio hasta el Monumento a Lincoln, y en la que encontraréis, entre otros monumentos y museos, la National Gallery de Washington. Esa fue nuestra siguiente parada, después de discutir entre nosotros por ver si era el edificio West o el East. Vale, si queréis ver la colección clásica del museo, id al West. El otro es la parte de arte contemporáneo y exposiciones temporales, el cual me quedé sin ver por falta de tiempo y ganas (yo quería, pero bueno, Jorge iba a experimentar mucho arte contemporáneo en los días venideros).

Una vez en el museo, me di cuenta de otro error aquel día: haber llevado una cantidad absurda de cosas en un bolso normal. El señor vigilante que revisó mi bolso se sorprendió al comprobar lo que pesaba e hizo alguna broma con su compañero, no sin decirme con cierta preocupación: "you're gonna hurt your back". Lo sé, señor, soy una ridícula. Y efectivamente, ese día empecé a notar como si miles de agujas me penetraran los músculos. Un placer. Tercer tip del día: si vas a estar caminando todo el día, lleva una mochila y cárgala con lo menos posible. Dos interraíles a mis espaldas (y nunca mejor dicho) y parezco nueva, de verdad.

El museo es una auténtica pasada, para qué mentiros, y encima for free, o sea gratis. Aunque pueda parecer masoca, me encanta visitar museos cuando viajo. Observar las diferencias y las similitudes con aquel en el que trabajo. La colección es inabarcable para sólo un par de horas, pero puedes ver lo fundamental, sin dejar de ver highlights como estos: 

Leonardo Da Vinci, Retrato de Ginebra de Benci, 1474-76

Murillo, Joven y su dueña, 1670
Salimos del museo y continuamos por el National Mall. Unas fotos con el monumento a George Washington - el obelisco a los pies del Reflecting Pool, al otro lado del monumento a Lincoln-  y paramos por la White House, la morada del presidente de Estados Unidos, el señor Obama hasta nueva orden. Sorprende la aparente accesibilidad, ¡pero atrévete a acercarte! 
The White House

No podíamos más, así que decidimos que aunque sólo fuera la 1, era la hora perfecta para comer. Jorge sabía de un sitio fantástico en Georgetown, el Johnny Rocket, pero estaba cerrado, no sabemos si sólo ese día o de manera permanente. Así que fuimos a Bertucci's, un italiano ubicado en el 2000 de Pennsylvania Avenue, al lado del otro. Aquí he de indicar el cuarto tip del día: nunca pedir Coca Cola de grifo en Estados Unidos. Es repugnante.

"Venga, levántate que hay que seguir" - "¿No puedo quedarme con este café en esta silla para siempre?". Dolor de pies extremo. Ah sí, quinto tip del día: no seas tan gili...mema de ponerte unas zapas con cuña si vas a estar caminando durante horas...POR WASHINGTON. Bueno o por donde sea. Quedaron desterradas para el resto del viaje una vez en casa.
 
Nos movíamos en la zona de Georgetown, peculiar cuanto menos, cuando ¡Oh! ¡Es Einstein! Sí, amigos, hay un monumento al físico Albert Einstein en Washington. El mismo Einstein hecho bronce, sentado con un cuaderno lleno de anotaciones y su famosa fórmula de la relatividad. Y para nuestra sorpresa, sin apenas gente esperando para hacer la foto de rigor. Justo al lado de la figura hay un cartel en el que te animan a que te hagas un selfie y lo subas a Twitter con el hashtag #PhotosWithAlbert, y ahí que fuimos, claro. Que nos gusta un selfie, oye. 

Jorge con el señor Einstein

Después vimos el Monumento a los Veteranos de la Guerra de Vietnam, y seguidamente al Lincoln Monument. Sin palabras. Es increíble el orgullo que muestra este país por su Historia y sus protagonistas. Aunque no es desconocido para casi nadie el profundo patriotismo de los estadounidenses. El edificio recuerda a los templos dóricos griegos, rodeado por 36 columnas. Subiendo una amplia escalinata, ahí está Lincoln sentado, presidiendo el National Mall desde su asiento, detrás del cual se pueden leer dos de sus discursos más importantes. Flipante. 

Monumento a los Veteranos de la Guerra de Vietnam

Lincoln observando desde su memorial
Después de pegarnos con los miles de turistas, y ya no sólo con ellos, sino con los miles de estudiantes que venían en grupo con sus profesores a visitar la capital de su país, nos quedamos observando el estanque, el que ya he citado anteriormente, Reflecting Pool, ahora con el obelisco al fondo. Cada vez necesitábamos descansar más a menudo, y con ese fondo era imposible no caer en la tentación. Es una estampa realmente conmovedora.

Reflecting Pool y el monumento a G. Washington,
desde el Monumento a Lincoln

A mí no dejaban de sorprenderme las distancias..."ahora hay que volver hasta allí para ir al autobús? - "Sí, pero aún nos quedan más cosas, ¿eh?"... "¿Cómorrr?". Unas semanas después pillé en la tele el comienzo de la película Capitán América: Soldado de Invierno, que comienza con el super-héroe corriendo varias veces alrededor del estanque como si nada, sin movérsele un pelo. En ese momento me di cuenta de por qué es el Capitán América. (Os dejo el vídeo, sólo por ver el escenario merece la pena..., a algunas también por ver a Chris Evans, ¿no?)



Tras visitar el monumento a Martin Luther King y el dedicado a los Veteranos de la Guerra de Corea (IN-CRE-IBLE, fotos más abajo), procedemos a ir hasta el monumento a Jefferson. En la foto me veréis super-happy-flower, pero estaba pensando que si tenía que ir hasta allí me iban a tener que llevar...pero en ambulancia. Pero oye, estás en Washington y sacas fuerzas de donde sea. Fuimos por un caminito de tierra absurdo de lo estrecho que era. Y eso no sería un problema si no fuera porque estaba al borde del río Potomac, sin barandillas ni nada. Y si aparecía uno de esos ciclistas del infierno igual tenías que tirarte al agua, pero vamos, sólo me preocupaba por eso, ¿eh? Por eso y porque como había llovido un poco los días anteriores, la tierra estaba mojada y se había convertido en barro con charcos. Mis zapas con cuña lo agradecieron mucho, concretamente a Jorge, que fue el de la idea brillante. Pero bueno, la verdad, las vistas desde el camino son espectaculares. Ir viendo como te acercas al monumento es una experiencia muy muy chula.

Parte del Monumento a los veteranos de la Guerra de Corea

Jorge con el señor Luther King
Monumento a Jefferson de fondo, y mi cara de "harta pero feliz".
Foto tomada en un puente antes del camino de tierra

Monumento a Jefferson
Una vez allí se te van todos los males. El monumento arquitectónicamente es una maravilla; de estilo neoclásico, de planta circular, con una escalinata de mármol, una cúpula, y un pórtico, rodeado de columnas. En el interior, el señor Jefferson, de pie, a diferencia de Lincoln. Y las vistas...decididamente, la paliza merecía la pena. En la zona del basamento, en el interior, podías ver vídeos y paneles acerca de la vida del presidente, recordado por redactar la Declaración de Independencia (sí, esa del 4 de julio y tal), y de la historia del edificio, todo muy didáctico. También hay una tienda de souvenirs, claro, en la que compramos un imán y nos dieron de vuelta, previo aviso, un billete de 2$, que es bastante raro de encontrar. Jorge se lo adjudicó para su colección, y tan contento.

Queríamos ver también el cementerio militar de Arlington, el de las pelis, y el monumento de Iwo Jima (Alzando la bandera en Iwo Jima), pero se acercaba la hora de marchar. Nos quedaban casi 45 minutos de camino de vuelta al autobús, y yo quería morir. El cansancio había sobrepasado a mis pies y había llegado a mi estómago. Doblada, y casi sin fuerzas, me mentalicé de que había que darlo todo una vez más, sólo un pequeño esfuerzo más. Creo que esa vuelta ha sido de los momentos más desesperantes de mi vida, pero intentas mentalizarte de que merece la pena, y es verdad que sí, lo merece. Sexto tip del día: no seais idiotas, o más bien, ratas, ¡y coged un taxi!

miércoles, 22 de junio de 2016

Brooklyn, un barrio por descubrir

No entraba en los planes, o al menos de manera inicial. Pero, como ya indiqué en el anterior post, nos "sobraba" tiempo para hacer lo que queríamos hacer. Demasiado pronto para simplemente cruzar a Brooklyn e ir a cenar a un italiano que estaba justo al lado del puente (ya luego os digo el nombre, "no preocuparse"). Por tanto, decidimos explorar un poco el barrio. 

Primero, cruzamos el puente de Brooklyn, el famoso puente de Brooklyn. Parece tarea sencilla, pues, ya me diréis, qué tiene de peligroso cruzar un puente como ese. Sin embargo, existe un tipo de fauna peligrosa bien conocida por muchos: los ciclistas. Si ya los temo en Madrid, no os cuento allí. Van a toda leche, sin frenar, y si te pones en medio, adiós majo. ¡Vimos más de un amago de atropello! Segundo, el tema de las fotos. ¡Cómo no te vas a hacer fotos en el puente! Pues suerte, amigo. Si no hay ciclista a punto de atropellarte, hay un tío vestido de budista o miles de turistas (como tú) que entorpecen tu misión. Si consigues una foto en la que no salga absolutamente nadie, ya has conseguido mucho. Eso sí, cuenta con que vas a tardar en cruzarlo cosa de 40 minutos entre pitos y flautas. Las vistas desde allí son bastante espectaculares, sobre todo a medida que avanzas hacia Brooklyn y vas dándote la vuelta de vez en cuando: el skyline se va dibujando en el horizonte poquito a poco. 

Puente de Brooklyn
Manhattan desde Puente de Brooklyn
Puente de Manhattan desde Puente de Brooklyn

Una vez en el otro lado y admirado el increíble paisaje urbano, decidimos hacer la foto de rigor en el DUMBO (Down Under the Manhattan Bridge Overpass), concretamente en Washington Street, desde donde uno puede admirar esta bella imagen del puente de Manhattan y el Empire State al fondo. Algún cinéfilo se percatará que es el escenario del cartel de Once upon a time in America. MA-RA-VI-LLA.
Puente de Manhattan desde Washington St, en el DUMBO, Brooklyn

Llueve. "¿Vamos a un bar? - "¿Estamos en Nueva York y me voy a pasar una tarde metida en un bar? Caminando que es gerundio". Y hale, paseíto hasta el Barclays Center, estadio deportivo, durante más de media hora. Paramos en un bar llamado St. Gambrinus, que pillaba de camino y que está bastante bien. No recuerdo si fue ahí o en otro de los miles de bares a los que fuimos que descubrí la cerveza Samuel Adams. ¡OH! Placer absoluto. Y yo que soy de esas a la que no le van las cosas raras y no sale de su Mahou y poco más, admito que esta es un auténtica delicia. ¡Gran revelación!

Brooklyn no es tan feo como lo pintan en las películas y en las series americanas. Acostumbrada a que la calificaran como el horrible fin del mundo en Sexo en Nueva York y Gossip Girl (tengamos en cuenta qué tipo de series son estas, por favor), me esperaba algo mucho peor. Querría ver yo a estas snobs en Manoteras, ¿eh, Blair?

Blair Waldorf, Gossip Girl
Con esta visión distorsionada de la realidad, me imaginaba un sitio inhóspito, y sin embargo el barrio tiene encanto y personalidad, alejado del estrés y las multitudes de Manhattan. Un barrio por descubrir en el que están surgiendo propuestas culturales muy interesantes que me habría gustado conocer un poco más. De hecho, el Brooklyn Museum es el segundo más grande de la ciudad. Ojo ahí. Cuando vas tan apurado de tiempo, tienes que sacrificar algo. Apuntado para la próxima visita, sin falta. 

De vuelta al puente, caminamos otra media hora larga bajo la amenaza de lluvia y un frío bastante insoportable. Pero cuando llegas y ves el skyline al atardecer, se te pasan todas las penas y dolores. Creo que no puedo describir esto con palabras, así que para eso están las imágenes.  Hablan por sí solas. 




He de decir que el cansancio del primer día me pudo y se me puso muy mal cuerpo a la hora de la cena. Sin embargo, fuimos a Grimaldi's, un sitio italiano en el que ponen unas pizzas que te quieres morir de buenas, muy recomendado. Esto me resucitó un poco, pero admito que lo que primero pensé nada más levantarnos de la mesa para irnos fue que para cuándo la teletransportación. Seguidamente pensé que necesitaba un taxi. *Miramos la cartera*. "Creo que podemos aguantar yendo en metro, ¿no?".

martes, 14 de junio de 2016

Lower Manhattan, ese mini-gigante

Bip, bip, bip...Ya sonó el despertador. ¡Aaarrriba! Comenzaba nuestro primer día de aventura neoyorkina como tal, así que no nos costó mucho levantarnos (sólo un poco, que la paliza del día anterior fue épica,...pero no la peor, ya lo veréis). 

Ese día decidimos desayunar en un Dunkin' Donuts (como en España no hay, ¿sabes?) y nos estrenamos con una caja de 6 donuts que entraron maravillosamente acompañados por un café. Con lo fácil que habría sido coger un cartón de leche y unos cereales el día anterior en el store de la esquina, el típico chino que allí no está regentado por chinos sino por hindús o paquistaníes. Pero bah, por una vez...
Sí, hay uno mordido, ¿qué pasa?
Había hambre...


El plan para ese primer día era ver casi lo más característico de esta ciudad, pero probablemente lo menos vistoso: la Estatua de la Libertad. Y cómo íbamos a ir si no en el señor metro: el metro de Nueva York. Dedicaría un post entero a esto, pero ¿sabéis qué? Que en los diez días que estuve allí no llegué a comprender el funcionamiento de las líneas ni los horarios de los trenes, así que no podría explicaros en qué consiste, lo reconozco. En este aspecto confié en Jorge, que creo que se lo aprendió del todo unos días antes de marcharnos, y todo gracias a nuestra host Natalia, que nos lo pudo explicar más o menos en español, pero eso no quitó que dejáramos de preguntar a los compañeros-viajeros para cerciorarnos de que ese tren paraba en nuestra estación. Todos tenemos ese amor propio que nos hace pensar "no no, yo esto lo entiendo de sobra, no puede ser tan difícil", pero no, acabas cayendo desesperado y maldiciendo a todo lo que se te ocurre: ¿¿¿PEEROOO PORRR QUÉEE NO PARAAAA????? Línea 1, 2, 3...C, D...dowtown, uptown, express, local... mira, de verdad, así no, ¡ASÍ NO! Eso sí, en las estaciones hay wifi gratis. It's something.

En fin, después de este breve inciso sobre el sistema de metro más complicado del mundo (¡y pensaba que el de Londres era difícil y sólo me confundí una vez!), continúo con nuestro viaje. Cuando planeamos esta visita, se nos plantearon dos opciones. Una de ellas era ir en ferry (de pago) a la isla de Ellis y subir a la corona de la estatua por unos 30$ (que me corrija Jorge si me equivoco), y, si nos apetecía, ver el Inmigrant Museum, y poco más. Pero nos quedamos sin entradas online para subir a la corona, así que optamos por la segunda opción, que fue la que más gente nos recomendó: ir en ferry gratis a Staten Island.

Statue of Liberty, desde el ferry

Llegamos a Battery Park para coger el ferry y eso parecía la puerta de El Corte Inglés antes de abrir el primer día de rebajas. Una vez abierta la puerta, aquello es "tonto el último". Tampoco hace falta correr para coger un buen sitio, pero sí ser un poco 'avispao'. Subimos a la planta de arriba y nos pusimos en el lateral derecho, desde el que se puede ver la estatua (a la vuelta en el izquierdo, obviamente). En un trayecto de aproximadamente media hora te da tiempo a hacer 80 fotos a la estatua y a la isla de Manhattan mientras te pegas con los otros 50 turistas que tienes a tu lado y, si puedes, a respirar un poco de aire puro. Quitando la incomodidad de los palos selfie, es un viaje muy agradable. Una vez llegas a Staten Island, se procede a hacer como cuando te equivocas de parada en el metro y tienes que cambiar de andén, lo mismo, a coger el ferry de vuelta por el otro lado, y otra media hora de camino. Lo bueno es que salen cada media hora, y como cada trayecto es media hora clavada, cuando el ferry llega a su destino ya está listo otro para regresar, por tanto no tardas más que una hora en ir y volver. No debe de ser una idea tan disparatada cuando ves que no eres el único (idiota) que lo hace; los 50 turistas con los que te pegabas a la ida también están a la vuelta. Era curioso distinguir a los residentes que también cogen esos ferries, con cara de estar más que hartitos de la misma dinámica todos los días a todas horas, sentados en los asientos interiores escuchando música y absortos con su teléfono móvil. 
 
Manhattan, desde el Ferry

De vuelta a la isla de Manhattan, procedimos a explorar Battery Park y a hacer unas cuantas fotos,..unas muchas...unas bastantes. ¡Es que las vistas merecen la pena! Caminamos por el distrito financiero, nos pegamos con los asiáticos para hacer una foto al Charging Bull, que por cierto, pienso, ¿habrá algún momento del día en que ese toro pueda respirar? ¿Qué habrá hecho ese toro en otra vida para vivir en esta rodeada de fanáticos constantemente? ¡Qué obsesión! Como dice Jorge, las postales en las que sale sólo el toro tienen que ser un fotomontaje. Pero yo soy más partidaria de pensar que para hacer la foto tuvieron que cercar la zona, como una escena del crimen, o mejor, rodeada de escoltas y todos los asiáticos chillando alrededor como los fans de Justin Bieber cuando le ven pasar en un coche con lunas tintadas. 

Charging Bull, sin asiáticos
Continuamos la ruta por el Lower Manhattan por Wall Street, Federal Hall...y al World Trade Center Site, el memorial del 11S. Es entrar en esa zona y parecer que el tiempo y el barullo se detienen. Sólo se escuchan murmullos y el ruido del agua de las cascadas de los estanques. Reina un áurea de solemnidad y respeto que es digno de admirar. No entramos al museo, para qué, yo sólo con ver aquello ya me había estremecido lo suficiente. Me sorprendió su elegancia, su buen gusto, su discrección. Ostentoso, sí, pero con mesura. Y cargado de mucho simbolismo. Imposible que no se te pongan los pelos de punta. 






A pocos metros ahí está, la One World Trade Center. Jorge quería subir, pero para qué subir a tanto rascacielos cuando ya teníamos pensado subir a dos, ese podía esperar para otra ocasión. Justo detrás, la nueva estación de Calatrava, aún por terminar, y que tanto debate suscita, como todo lo que hace este señor. A mí, me gusta. 

Bueno, ¡llega la hora de comer! Por recomendación de un amigo, fuimos a Umami. Hay varios en la ciudad, pero nosotros fuimos al de Battery Park, dentro de un centro comercial. Nuestro veredicto fue claro: una de las mejores hamburguesas EVER! ¡Así que más que recomendadísimo! 

Mala pinta la hamburguesa del Umami, ¿eh?

Para bajar un poco la comida, un paseíto para ver la estación de bomberos de la película de Los Cazafantasmas...ups, ¡estaba andamiado! Primer chasco del viaje. No sé si fue antes de aquello o después, pero paramos a tomar algo en uno de esos diners super-hiper-típicos de las películas (a ver Bea, allí todo es de película), y pedimos unos cafés y un brownie del infierno de lo grande que era (según Jorge buenísimo). Apunte: Square Diner.  

Lamentando que la estación estuviera andamiada
Otro de los lugares más emotivos del día se encuentra en Broadway esquina Fulton Street: la Saint Paul Chappel, lugar donde se realizó la misa del juramento como presidente de George Washington. Sobrevivió a los ataques del 11S y se convirtió en un centro de resistencia y de apoyo a las víctimas. Ahora hay una exposición de diversos objetos personales e imágenes y mensajes de apoyo, que honra tanto a las víctimas como a los bomberos y a todas esas personas voluntarias que se movilizaron durante la tragedia. Además, custodian una campana, Bell of Hope, en recuerdo a los que cayeron ese día, regalada por la ciudad de Londres en 2002. La hacen sonar cada 11 de septiembre, como reza la cartela, "simbolizando el triunfo de la esperanza sobre la tragedia".

Bell of Hope, con un cementerio

El plan iba sobre ruedas, habíamos visto casi toda la zona, el City Hall, el New York City Comptroller, el tribunal supremo, etc...Parece que no, ¡pero el Lower Manhattan es un mini-gigante! Íbamos muy bien de timing, así que decidimos que por qué no hacíamos tiempo en Brooklyn. Y allí que fuimos, pero nuestra aventura en Brooklyn y todo lo que vino después ese día, ¡os lo contaré en el próximo episodio! Tardaré menos que esta vez, ¡I promise!

lunes, 6 de junio de 2016

First time in New York? Yes, Sir!

La tarde que compramos los billetes de avión aún no me lo creía del todo. “Bea, ¡nos vamos a Nueva York!”, me decía Jorge. “Nos vamos a Nueva York”- me repetía mentalmente- “nos vamos a Nueva York”. Pero nada. Al principio pensaba que se debía a lo mucho que faltaba para hacer las maletas, seis meses ni más ni menos. Pero era más que eso. ¡IBA A IR A NUEVA YORK! ¿Cómo podía ser capaz de asimilar que por fin iba a cumplir uno de mis deseos desde hace años? Demasiado bonito para ser verdad. 

Dos días antes de coger el vuelo ya empecé a notar los síntomas de los nervios. Y el mismo día, a solo unas horas para ir al aeropuerto, todavía no tenía muy claro si tenía todo listo. Quería que fuera el viaje perfecto, que nada me lo estropeara. Contratamos todo tipo de seguro de viaje y hasta le pedí a una amiga que su celebración de cumpleaños no entrañara nada de riesgo, no me fuera a desgraciar. “¿Paint-ball, dices? Eh…¿Qué tal si mejor nos metemos en una vitrina?”. Fuimos a los bolos y todavía me sorprendo de que no se me cayera una bola en el pie o algo similar.

Una vez en Adolfo Suárez Madrid Barajas, facturamos las maletas (13 kilos cada una, ¡qué bien nos hemos portado!), procedimos a realizar los interminables controles y, posteriormente, a comer una pasta que tenía peor pinta de lo que sabía. Sin saberlo, comenzaba allí una semana y media en la que se nos iba a olvidar todo vocabulario en inglés relacionado con una dieta sana y saludable…y en español también. 

¡Allá vamos!

Ocho horas de vuelo que fueron como cuatro a pesar de que no pude dormir muy cómodamente. ¡Pero quién quiere dormir cuando sabe que va a ir a la ciudad que nunca duerme! Una vez aterrizados, ya empecé a convencerme de que me encontraba en terreno americano: un control con una cola de 400 personas (sin exagerar ni "ná") para entrar al país. Mi turno:

-          First time in New York?
-          Yes, Sir!
-          Where are you staying at?
-          At an appartment in Harlem, by AirBnb
-          That’s great. Fingers on the screen
(¡Sí, señor policía!)
-          Look to the camera
(Toma foto del infierno, me río de las de vuestros DNI’s)

Fichada, y a correr. La conversación fue más larga (y a lo mejor no fue exactamente así), pero vamos a obviar todos mis “sorry what?”. El señor agente hablaba español, pero en este tipo de situaciones estas personas prefieren seguir hablándote en inglés por algún motivo. ¿Alguien sabe si es que tienen prohibido hablar en español o algo así? Dudo que lo hagan para alentarme en mi aprendizaje de la lengua de Shakespeare. 

Cabe destacar que en este escenario fue donde vimos a nuestro primer (y único) famoso durante nuestra estancia en los “estates”: Claire Danes. Todavía tenemos algunas dudas de que fuera ella realmente, pero si no era ella tiene un doble exacto en el país, que lo vaya sabiendo.(Añado foto, que para mi asombro, hay gente que no sabe quién es. ¿Es que no habéis visto Homeland o qué?)

Claire Danes (Carrie Mathison en Homeland
y Julieta en Romeo y Julieta de Baz Lhurmann).

Después de recoger maletas y esperar la cola para coger un taxi, vamos dirección Manhattan. Sí, sabemos que hay metro desde el JFK, pero siendo las 21.00 un lunes, igual nos veíamos a las 23.00 con las maletas en la calle, o lo que es peor, con unos hosts enfadados cuchillo en mano. Y a pesar de los 60$ que costaba el trayecto, fue una buena elección. 

Estaba en uno de esos taxis amarillos de las pelis, con su pantalla moderna que anunciaba el tiempo y emitía anuncios, su “datáfono”, y la licencia del taxista hindú en el cristal que nos separaba del mismo. Era de noche y solo se veían edificios grises y coches, más coches. Hablábamos animadamente, lo que nos permitía el cansancio. Mientras cruzábamos el puente, Jorge me dijo: “Mira Bea”. Y de repente ahí apareció. Manhattan de noche, Manhattan iluminada. Frank Sinatra de repente sonaba en mi cabeza y mis ojos querían llorar. Mi primera auténtica estampa de la isla. “Ahí estás, pedazo cabrona”.

Manhattan de noche, la isla iluminada


Esta foto no es mía, solo una aproximación de lo que vi desde ese taxi amarillo como los de las pelis. No sabía dónde estaba mi cámara, y mi móvil no podría más que estropear esa visión. En sólo un segundo experimenté miles de emociones y por fin era plenamente consciente: estaba en Nueva York…”¡Bea, estás en Nueva York!”. Petrificada, solo pude decir “¡Que guay!”, como una adolescente a la que se le corta el habla cuando ve al chico que le gusta. 

A partir de ese momento, todo lo que veía era cercanamente extraño. Jorge hizo una referencia a un local que habíamos visto en una película recientemente, New York, I love you, y no pude menos que sonreír otra vez (¿acaso había dejado de hacerlo?), me encantan esos pequeños detalles, sobre todo porque para mí había pasado completamente desapercibido.

El taxi nos dejó en la puerta, tras media hora de camino, y nuestro primer conflicto fue con el telefonillo del portal. Después de un par de minutos intentando averiguar cómo narices funcionaba ese aparato del infierno, el azar nos ayudó y conseguimos timbrar al apartamento de la tercera planta…sin ascensor. No digo más, ¡aggg! Clement nos esperaba en la puerta: un chico negro, alto, fibrado (como buen bailarín profesional que es) y con un marcado acento que no sabría ubicar. Sentada en el sofá estaba Natalia, colombiana, muy mona y siempre con una sonrisa en la cara. Primera norma: los zapatos se dejan en la puerta: “New York is very busy, you know…”. Unos vasos de agua neoyorquina, un breve descanso, y a ver la casa: un salón lleno de objetos decorativos, fotos, libros,… ¡y sin televisión!; una cocina americana moderna con nevera y microondas XXL, lavavajillas y despensa; un baño…dejémoslo en “un baño”; un par de estanterías colocadas estratégicamente en el pasillo para darte todo el piño por la noche cuando vas al baño (no lo digo por nadie…ejem); y nuestro dormitorio, una cama doble básica, una mesa, un armario con cuatro perchas (cuatro, literalmente), y una cómoda con cajones en los que fuimos colocando todas nuestras pertenencias, unos con más orden que otras.

Habíamos cenado en el avión y no demasiado mal, la verdad. Me sorprendió que la comida no fuera repugnante, como es habitual (Air Europa, ahora molas). Así que tal cual llegamos nos fuimos a dormir, nos esperaba una jornada muy larga al día siguiente: el primer día explorando Manhattan, el verdadero comienzo de la aventura. Hasta mañana, Statue of Liberty.






  • 4th Junio
    2016

  • 04




B-NewYorker // Episode 1: First time in New York? Yes Sir

La tarde que compramos los billetes de avión aún no me lo creía del todo. “Bea, ¡nos vamos a Nueva York!”, me decía Jorge. “Nos vamos a Nueva York”- me repetía mentalmente- “nos vamos a Nueva York”. Pero nada. Al principio pensaba que se debía a lo mucho que faltaba para hacer las maletas, seis meses ni más ni menos. Pero era más que eso. ¡IBA A IR A NUEVA YORK! ¿Quién podía ser capaz de asimilar que por fin iba a cumplir uno de sus deseos desde hace años? Demasiado bonito para ser verdad.
Dos días antes de coger el vuelo ya empecé a notar los síntomas de los nervios. Y el mismo día, a solo unas horas de ir al aeropuerto, todavía no tenía muy claro si tenía todo listo. Quería que fuera el viaje perfecto, que nada me lo estropeara. Contratamos todo tipo de seguro de viaje y hasta le pedí a una amiga que su celebración de cumpleaños no entrañara nada de riesgo, no me fuera a desgraciar. “¿Paint-ball, dices? Eh…¿Qué tal si mejor nos metemos en una vitrina?”. Fuimos a los bolos y todavía me sorprendo de que no se me cayera una bola en el pie o algo similar.
Una vez en Madrid Barajas Adolfo Suárez, facturamos (13 kilos cada maleta, ¡qué bien nos hemos portado!), y procedimos a realizar los interminables controles y, posteriormente, a comer una pasta que tenía peor pinta de lo que sabía. Sin saberlo, comenzaba allí una semana y media en la que se nos iba a olvidar todo vocabulario en inglés relacionado con una dieta sana y saludable…y en español también.
- See more at: http://midescubrimientodeldia.tumblr.com/#sthash.bddax4Bm.dpuf




  • 4th Junio
    2016

  • 04




B-NewYorker // Episode 1: First time in New York? Yes Sir

La tarde que compramos los billetes de avión aún no me lo creía del todo. “Bea, ¡nos vamos a Nueva York!”, me decía Jorge. “Nos vamos a Nueva York”- me repetía mentalmente- “nos vamos a Nueva York”. Pero nada. Al principio pensaba que se debía a lo mucho que faltaba para hacer las maletas, seis meses ni más ni menos. Pero era más que eso. ¡IBA A IR A NUEVA YORK! ¿Quién podía ser capaz de asimilar que por fin iba a cumplir uno de sus deseos desde hace años? Demasiado bonito para ser verdad.
Dos días antes de coger el vuelo ya empecé a notar los síntomas de los nervios. Y el mismo día, a solo unas horas de ir al aeropuerto, todavía no tenía muy claro si tenía todo listo. Quería que fuera el viaje perfecto, que nada me lo estropeara. Contratamos todo tipo de seguro de viaje y hasta le pedí a una amiga que su celebración de cumpleaños no entrañara nada de riesgo, no me fuera a desgraciar. “¿Paint-ball, dices? Eh…¿Qué tal si mejor nos metemos en una vitrina?”. Fuimos a los bolos y todavía me sorprendo de que no se me cayera una bola en el pie o algo similar.
Una vez en Madrid Barajas Adolfo Suárez, facturamos (13 kilos cada maleta, ¡qué bien nos hemos portado!), y procedimos a realizar los interminables controles y, posteriormente, a comer una pasta que tenía peor pinta de lo que sabía. Sin saberlo, comenzaba allí una semana y media en la que se nos iba a olvidar todo vocabulario en inglés relacionado con una dieta sana y saludable…y en español también.
- See more at: http://midescubrimientodeldia.tumblr.com/#sthash.bddax4Bm.dpuf