miércoles, 9 de noviembre de 2016

Un poco de Guggenheim, turisteo y nuestra última hamburguesa en Nueva York

Cada día es una aventura en esta loca ciudad. Y se iba acercando el final, y no queríamos que llegara, no queríamos. Pero aún nos quedaban cosas que hacer y sitios que descubrir, así que no perdimos el tiempo y nos levantamos una mañana más, esta vez para comenzar con otro de los grandes museos de la Gran Manzana: el Guggenheim Museum.  

Guggenheim Museum

Así como ocurre con el Guggenheim de Bilbao, el edificio, ya de por sí, es casi más impresionante que las obras que alberga en su interior. Obra del arquitecto Frank Lloyd Wright, ya se ha convertido en todo un referente arquitectónico y un icono de la ciudad. Nuestra experiencia en este museo no fue demasiado positiva, ya que estaban realizando movimientos de obra y la rampa que comunica todos los niveles estaba cerrada. Solo podíamos asomarnos, pero no circular por ellas, de modo que gran parte de la experiencia se perdió.

Trabajadores del museo gestionando el movimiento de obras

La colección permanente, obviamente, es de arte contemporáneo. Para quien no lo sepa, el señor Guggenheim fue un importante coleccionista de arte de principios del siglo XX. En 1937 creó la Solomon R. Guggenheim Foundation, dedicada al desarrollo y difusión del arte contemporáneo, que, además de este museo en Nueva York, también gestiona el de Bilbao y el museo de Venecia. Este último alberga la colección de la sobrina de Solomon, Peggy Guggenheim, donada a la Fundación en 1969. 

A pesar de no haber mucha cantidad, había muy buena calidad. Pudimos ver obras de artistas como Picasso, Chagall, Monet, Kandinsky y demás maestros de la historia del arte de vanguardia. Las muestras temporales no eran demasiado alucinantes, aunque hubo alguna que otra obra que me pareció bastante interesante o al menos curiosa. Jorge lo detestó sin más.

Kadder Attia, Untitled (Ghardaïa), 2009.
(Sí, está hecho de cous-cous)
Hassan Khan. Bank Bannister (Banque Banister), 2010
Otro de los motivos por los que quisimos ver el museo, aunque no os lo creáis, fue un retrete. Sí, un retrete. Os explico. Había leído en la prensa que el Guggenheim iba a albergar en sus lavabos un retrete de oro, obra de Maurizio Catelan, a disposición del público que lo necesitara. ¿Os imagináis? ¿Poder sentarte en un auténtico trono de oro? Ya que teníamos que hacer la visita de rigor al Guggenheim, al menos sumábamos este atractivo. Pero nuestro gozo en un pozo: lo ponían en septiembre. 
(Aquí os dejo el enlace con la noticia, para que lo comprobéis por vosotros mismos, no me estoy inventado nada: http://www.lavanguardia.com/cultura/20160916/41364452932/retrete-oro-maurizio-cattelan-guggenheim.html)

Un poco desencantados con la visita al Guggenheim, nos pusimos manos a la obra y continuamos pateando la ciudad, concretamente al Flatiron District. Allí, como su propio nombre indica, vimos el archiconocido Flatiron Building, característico por su planta triangular, similar a la plancha de la ropa (de ahí su nombre). Justo en las proximidades, Union Square, donde vimos las estatuas a Gandhi, a Andy Warhol, y el famoso Greenmarket. Continuamos caminando hacia Greenwich Village y llegamos a Washington Square Park, coronado por el famoso Washington Square Arch, un impresionante arco de triunfo de mármol que conmemora el centenario de la investidura de George Washington como presidente de Estados Unidos en 1789. Solo a unos metros, encontramos una gran fuente en la que tanto neyorokinos como turistas se sientan para descansar y refrescarse. En principio pensamos que era la de Bethesda de Central Park, luego creímos que era esta, pero al final llegamos a la conclusión de que la famosa fuente de la intro de Friends o está muy escondida o no está en Nueva York...o simplemente, ¡no es real!

Flatiron Building
Rinconcito de Union Square
Escultura de Ghandi en UnionSquare
En una de estas, antes de comer, fuimos a un bar a retomar energías. No me quedé con el nombre del sitio, pero la verdad es que tampoco era algo espectacular. Pedimos un par de refrigerios, y el camarero, que nos oyó hablar en castellano, se puso a hablar con nosotros. No recuerdo de qué país latinoamericano era, pero era francamente majo. Nos recomendó ir a un pub en el East Village. Nos apuntamos el nombre. Jamás fuimos. 

Ese día tocaba comer otra deliciosa hamburguesa (ya la última), esta vez en Corner Bistro. Situada en el West Village, es una de las hamburgueserías más famosas de la ciudad. El sitio no es nada glamuroso ni chic, todo lo contrario. Pero guarda un aura de bohemia y encanto, típico de esos típicos lugares que no pierden su auténtica esencia. Una parada obligatoria porque, además, la comida está riquísima.

Corner Bistro
Después de comer, fuimos a ver la supuesta casa donde vivían los protagonistas de Friends (90 Bedford St), y luego a la de Carrie Bradshaw, la estrella de Sexo en Nueva York (66 Perry Street). En esta última, hay una cadenita con una señal de prohibido (me imagino que para evitar que los turistas se hagan fotos en la misma puerta), con una hucha y un cartelito que anima a que dejes un donativo para encontrar hogar a perros y gatos callejeros. Ya que va a ir gente a la puerta de tu casa, al menos intentar sacar algo bueno, ¿no?

Mítica fachada de la supuesta casa de Friends

Las fans de Sex in the City reconocemos esta puerta

Nos piden que contribuyamos para ayudar a animalitos callejeros
Nos tocaba pasear por el barrio de Chelsea. De todo lo que vimos, lo más fundamental es el Mercado de Chelsea, antigua fábrica de la empresa de galletas Nabisco, creadora de las famosas Oreo. El resultado de la remodelación es un espacio que integra a la perfección la estética industrial, en el que se reúnen diferentes tiendas de dulces y productos gourmet. 

Tampoco podéis dejar de ir al High Line, una antigua vía ferroviaria elevada que, tras ser abandonada, en 2009 se transformó en zonas verdes. De este modo, un barrio industrial con muy mala fama se convirtió en una de las zonas más atractivas de Manhattan. A lo largo del High Line, podemos ver tumbonas en las que descansar o tomar el sol así como diferentes puestos de bebida y comida. Es una zona con mucha vida y muy de moda entre los neoyorkinos actualmente. Sin duda un agradable paseo en el cual todavía es posible ver las antiguas vías, camufladas entre flores y plantas.




Este post va a quedar un poquito más largo, pero es que tengo que contar uno de los grandes descubrimientos de este viaje (por recomendación de una gran amiga): Dylan's Candy Bar. Una tienda de gominolas en la que todo es posible: cada sabor y cada forma, cada chuchería que puedas imaginar, está en esta tienda. Es muy conocida en la ciudad, y de hecho muchos famosos son clientes habituales, como las gemelas Olsen, por poner un ejemplo. Allí encontramos las famosas grageas de todos los sabores que salen en los libros de Harry Potter, y las compré pensando que era algo super exclusivo y resulta que las venden en el VIPS (vaya fail). Compramos una cajita de gominolas, como buena fan que soy, pero me quedé con las ganas de comprarme una super piruleta gigante de peluche. No os podéis imaginar lo chula que era, ¡qué rabia! La tienda en sí es el mundo del caramelo, así que si te gusta no puedes faltar. Eso sí, picas seguro. Entrad en su web, ¡y alucinad!: https://www.dylanscandybar.com/

Imagen: www.dylanscandybar.com
Piruleta de peluche. Imagen: Imagen: www.dylanscandybar.com


Esta no fue la única tienda en la que entramos. Jorge arrasó en G-Star Raw porque estaban de rebajas, y yo aproveché para tantear en Victoria's Secret. Tanta fama que tiene esta tienda con tener modelitos provocadores, bonitos y elegantes, no podía haber cosas más horteras: ¡todo era flúor! Estaba realmente decepcionada con el bajón de expectativas (vamos a ver, ¿dónde estaba lo que llevan las ángeles en sus desfles?), pero pude encontrar algunas cositas que se podían salvar. Nos atendió una mujer rubia que hablaba español, extremadamente elegante y dispuesta. En un momento de amabilidad, nos dijo que nos regalaba un par de frascos de esencia de la marca (agua corporal y crema, vamos), que dijéramos en caja que era un regalo suyo (no recuerdo el nombre, pero creo que era Evelyn o algo así). Mientras estábamos en la cola, uno de los frascos empezó a chorrear, ¡estaba roto! Nos parecía muy bien el regalo, pero oye, ya que lo das, que sea en buenas condiciones. Así que reclamamos a la señorita y nos trajo otro en perfectas condiciones. Al llegar a la caja y comunicar nuestro obsequio, la señorita se quedó un poco estupefacta, pero nos creyó y nos lo metió en la bolsa for free.

Con todas las bolsas, hicimos otra parada en un bar llamado Soho Park, muy mono, decorado con macetas y flores coloridas, y con muchísimo ambiente. No es fundamental, pero si lo veis paseando por el SoHo, no dudéis en entrar. 

Esa noche decidimos cenar fuera de casa, ya por última vez. Y en esta ocasión lo hicimos en nuestro barrio de acogida, en Harlem, concretamente en Harlem Tavern. Ambiente no, ¡ambientazo! Éramos de los pocos blancos que había, lo cual no era de extrañar estando en Harlem. Tenían una amplia zona cubierta y otra de terraza, pero decidimos entrar porque a esas horas ya empezaba a refrescar. El sitio era bastante grande, más de lo que parecía. Pedimos unas alitas barbacoa y unos macarrones con queso que, cómo deciros, ¡buenísimos! Pero, como siempre, sobró para otra cena más, así que lo pedimos para llevar. Una gran elección sin duda para apañarnos la cena. 

Reventados y extasiados, nos fuimos directos a casa. Lo malo de querer visitar la ciudad tan deprisa y corriendo es la falta de energía para salir por la noche. En nuestra zona había muchísimos pubs de música en directo en los que, seguro, podríamos haber disfrutado de un espectáculo único copa en mano. Queda en la lista de pendientes para nuestra próxima vez.